“Para que exista esa isla”- publicado por Postales Japonesas en 2018- es el primero de los varios libros que escribió Julieta Lopérgolo. Su prosa conmovedora -confieso que por momentos me dejó al borde del llanto- es un intento de escribir la muerte de su padre. Pero el duelo no es solo de ella. Su escritura también retrata el duelo familiar -el de sus hermanos y su madre-.

“Mi duelo no entra en las palabras” dice Julieta en las primeras páginas de este desgarrador poemario. Alguien se desgarra ¿El papá? ¿Ella? Ese vínculo.

Un padre que aún no muere, una hija que aún no pronuncia el último adiós. ¿Quién es aquel padre ahora que su morada es la cama de un hospital? ¿Quién es aquella hija que acompaña el irremediable final de su padre?

Ese padre cuidó a esa hija, ocupó tiernamente ese lugar y ahora perece al cuidado de sus hijos. Los hijos cuidan al padre. Una hija deviene madre de su padre. La enfermedad, a veces, muda posiciones, rota lugares.

El poemario gravita alrededor de algunos interrogantes: ¿Cómo se vincula el duelo con la escritura? ¿Y con la memoria? “No te olvides de mí, papá” se lee bajo su pluma.

El duelo suscita afectos que oscilan entre el perdón y lo imperdonable, el amor y la angustia. La gratitud.

Un padre que se le va apagando la voz, un padre que se va apagando. Una hija que le habla, que le lee, le escribe. La autora dice: “Así imagino yo que te defiendo: con un ejército de palabras.” Ante ese padre que cada vez está más lejos de ella, las palabras son bálsamo. Refugio. Soplos de vida.

En la internación, el tiempo se trastoca, queda suspendido. Pero no se trata únicamente de despedidas: también hay reencuentros, acaso también reconciliaciones: el abrazo con las hermanas y la madre que desde hacía años no ocurría.

El padre sucumbe, pero todavía emite una luz.  Se va, pero algo permanece: “el muerto vive”, escribe. ¿Dónde vive el muerto?

Esa luz impulsa al hijo a construir su casa. A un padre se le cierran los ojos. Ya no puede mirar a sus hijos, no podrá mirar ese hogar, pero fue cimiento para que eso exista.

¿Qué es un padre? ¿Quién fue ese padre? ¿Cómo se lo despide? ¿Qué se pierde? ¿Qué queda?

Hay tristeza en el río, pero pájaros minúsculos acompañan el paisaje y embellecen el luto, lo cantan. ¿Y no es esto lo que hace, en parte, Julieta? Una carta de despedida. Un réquiem.

Hay un sintagma que, quizás, condensa la experiencia del libro: “Nada definitivo se hunde”. Quedan trazas, marcas, significantes que el otro ofrendó. Queda una isla.

Este poemario cuestiona la idea de que la muerte sea una destrucción cabal del otro. Subsisten restos, afectos, recuerdos, aromas. Viene a mí el libro A la salud de los muertos en donde Vinciane Despret cuestiona la idea de que los muertos no tienen otro destino que la inexistencia.

“A la pregunta sobre cómo se escribe lo que no se puede decir, mi respuesta es: con un poema. Lo que no se puede decir se puede leer en lo que está escrito” reza Montalbetti[i]. En la escritura del duelar algo permanece insondable, inescrutable, imposible de escribir. Sin embargo, en ese intento algo pasa y se escribe. Es performativa.

La autora poetiza la pérdida y nos regala pensamientos, preguntas y sensaciones que mitigan su desconsuelo y, por qué no, el nuestro.


[i] Montalbetti, M. (2025) ¿Por qué es tan difícil leer un poema? Malba literatura.