Hola Francisco, un gusto saludarte.
Conocí tu libro en un congreso de psicoanálisis en Chile.
Me llamo la atención el título “El cielo es el abismo” al lado de libros con títulos más convencionales. Cuando me dispuse a abrirlo la sorpresa continuó, en una hoja había:
una frase
un poema
escritos cortos
microensayos.
Me interesa esa forma de escritura que practicas, casi como si fueran pinceladas, sensaciones, anécdotas, algo micro. ¿Cómo llegaste a este tipo de escritura aforística? ¿Fué un punto de partida o de llegada?
Por otro lado, escribis que “El analista es un lugar vacío y que hay que probar que ha habido un análisis”. ¿Vacío de qué? Ese lugar vacío del que hablás, ¿en qué tiempo del análisis? ¿El inicio, el final? ¿O es una posición a sostener durante todo un análisis?
Te mando un saludo grande y espero tus palabras.
Fiorella
Querida Fiorella:
Hace mucho tiempo que no escribo una carta. No recuerdo cuándo fue la última que escribí, y mucho menos a quién se la envié. No todas las cartas son enviadas; algunas se quedan guardadas.
Probablemente la última carta que envié fue una carta de amor, seguramente a la mujer que hoy es mi esposa. Pienso, en relación con lo que me preguntas, que las cartas y el psicoanálisis tienen mucho en común y que ambos tienen que ver con el amor.
El cielo es el abismo tiene una escritura breve porque busca transmitir, en la menor cantidad de palabras posibles, tal como dices, la pincelada mínima, una frase suspendida que apunte a aquello que no se puede decir del todo. Apunta al vacío que habita al ser hablante.
Es una escritura semejante al gesto de la pintura de Leonardo da Vinci, en la que San Juan señala con su dedo hacia el cielo. Ese gesto, más que indicar una dirección, nos devuelve al abismo que cada uno es para sí mismo.
La escritura se mueve en una temporalidad extraña, quizás topológica, porque es punto de partida y de llegada al mismo tiempo. Nunca se sabe qué es lo que se va a escribir, sino solo cuando ya está escrito. Se llega a ella únicamente con su práctica, en el ejercicio mismo de un hacer despojado de identidad. Y si hubiera algo semejante a lo que llamamos identidad, solo se descubre en un tiempo futuro, de manera retrospectiva, descentrada de las pretensiones del “yo” del escribiente.
En eso se emparenta con el lugar vacío del analista, cuya presencia es fundamental: la presencia de un cuerpo vivo que, sin embargo, ocupa ese centro ausente que permite que el movimiento mismo de la escritura se ponga en juego en un análisis. Una escritura que se lee en los dichos y en los síntomas del analizante.
Para que esa escritura aparezca se requiere de un vacío, del vaciamiento de la persona del analista. Solo así podrá advenir, por parte del analizante, un saber que todavía no sabe que sabe. Una escritura nueva, como nunca antes había sido leída, y que quizás lo abisme en su radicalidad.
Te hago llegar mi agradecimiento por tu atenta lectura de “El cielo es el abismo”. Te confieso que, cuando lo escribí, imaginaba que era una carta arrojada al mar. La llegada de tu carta lo confirma, y tus preguntas me permiten saber que aquella carta encontró su destino.
Te envío un afectuoso saludo.
Francisco